Rescate y dignificación de los mercados públicos

Forma de combatir el desempleo y crear círculos económicos virtuosos
In Memoriam
El 18 de julio de 2013 nos desayunamos con una noticia, ya habitual, en el capitalismo: “Cayó [en México] 35.3 por ciento la generación de empleos formales entre enero y junio”. Significa que en el primer semestre de 2013 se crearon 161,117 plazas menos que las abiertas (295,378) durante el primer semestre del año pasado. La información fue proporcionada oficialmente a la prensa por el Instituto Mexicano del Seguro Social.
“Los niveles de desempleo crecen dramáticamente en muchas partes del mundo”, dice Walter Fritz, autor de un pequeño ensayo sobre el tema denominado Desempleo-Causas y Soluciones. Habrá que decir que en el largo plazo el fenómeno ha venido siendo una constante, por ejemplo, desde finales de la Edad Media (siglo XV), cuando Gutenberg inventó (1440) la imprenta moderna --un método mecánico de reproducción de textos e imágenes que, habiendo comenzado artesanal, supuso la primera revolución cultural— ocasionando el paulatino desplazamiento de los monjes y frailes copistas (entonces, cada libro era una copia manuscrita).
Después, vino la primera revolución industrial (segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX), en el que Gran Bretaña, en primer lugar, y Europa continental, después, pasaron por “el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la historia de la humanidad”.
Entonces, “la economía, basada en el trabajo manual, fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura”. La mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro, la expansión del comercio (favorecida por la mejora de las rutas de transportes y el nacimiento del ferrocarril) y las innovaciones tecnológicas (la máquina de vapor y la Spinning Jenny, potente máquina de la industria textil) facilitaron enormes incrementos en la capacidad de producción; es decir, se produjo más con menos, con menor desperdicio y en menor tiempo. De ahí que, como dice Fritz, “El desempleo es un desequilibrio entre la oferta y la demanda de las horas de trabajo”.
La productividad pasó a depender más de la máquina que del hombre; los costos de producción empezaron a bajar y los dueños de los medios de producción, a ganar más. Esa es la fórmula de un capitalismo creciente y de constante acumulación de la riqueza en unas cuantas manos. Así ha sido desde entonces. En el capitalismo, el dinero es el dios supremo, está incluso por encima del hombre.
Entonces, la mecanización primero, la automatización después (1880-1920) y ahora la robótica (1945 en adelante), grandes aliadas del capitalismo, aunque también del esfuerzo humano, han favorecido el desplazamiento de la mano de obra y el ahorro de los costos de producción. Esto y la facilidad para ganar dinero, hacen que los inversionistas prefieran la especulación a la creación de fuentes de empleo.
La insuficiencia de empleos no es más que la consecuencia de la falta de inversiones y que el desempleo sea lo que siempre ha sido: una resultante del ahora vertiginoso avance tecnológico. El problema está en que, no obstante saberlo, los gobiernos no hacen mucho para remediarlo.
Doctrinariamente, dejan la solución de los problemas, incluso los sociales, a la acción de las fuerzas del libre mercado, como si éste fuera el todo poderoso que todo resuelve. Ante esa premisa, los gobiernos se han olvidado de guiar deliberadamente la realidad y de procurar fundadamente la gestión de la desesperanza, el estado de ánimo en que se ha desvanecido la esperanza de contar con una economía generadora de empleo, justa, con distribución equitativa de la riqueza.
Pero, no sólo han de actuar por esa razón sino porque a más desempleo, menos capacidad social de compra, agotamiento del mercado interno, reducción de la recaudación de impuestos y cancelación de la posibilidad de realizar una mayor inversión de fondos públicos para atender las necesidades crecientes de la población. Es decir, el encierro en un círculo vicioso. Se requiere, entonces, abandonar la idea de que los empresarios crearán más empleos. No lo harán. Les es más cómoda, y barata, producir sin trabajadores y especular en la bolsa de valores o realizar negocios fáciles que dejan mucho dinero.
Cabe advertir que nadie se opone al avance científico y tecnológico; por lo contrario, ciencia y tecnología representan la concreción sistemática de progreso. El problema está en que, al mismo tiempo que se desarrolla la inventiva, no se piensa en cómo atender a los desempleados que genera.
Mejor construir círculos virtuosos
Entre sus facultades, los gobiernos tienen siempre una cantidad considerable de recursos para actuar con la sociedad, preferentemente en favor de los jóvenes, mujeres y hombres. En todos los centros urbanos hay zonas o espacios de comercialización y desarrollo económico, algunos de cierta especialidad, como el caso de la venta de muebles y artículos de baño, en una zona de la colonia Portales, en Benito Juárez; o de artículos eléctricos en la calle de Victoria, en el centro histórico de la ciudad de México.
Los mercados públicos –algunos se remontan a la época prehispánica-- han sido históricamente centros de abasto de la población que los circunda. En alguna época, lo hicieron y muy bien. Hoy, las cosas han cambiado (sus ventas han caído 70% en las últimas cuatro o cinco décadas).
Las cadenas de supermercados les ganaron la partida. El autoservicio, la calidad, la variedad de los productos, la venta por consignación y la incorporación de tecnologías de la información y la comunicación, les han significado ventajas fundamentales.
Pero, los mercados públicos tienen también algo propio, algo que no tienen los supermercados: el trato personalizado, a veces afectuoso, marchante-cliente.
Una solución: cooperativas de consumo
Las cosas pueden funcionar si se apoya de alguna manera a esos espacios o zonas de comercialización para ayudarlos a crecer, a organizarse mejor, desarrollarse y proporcionar mejores servicios. Y, a los mercados públicos, si se les ve con ojos de modernidad y los locatarios estuviesen en la disposición de modernizarse.
Si, además de ayudarles a incorporar las ventajas de los supermercados, se logra que los locatarios quisieran adoptar la figura de la cooperativa de consumo y la población circunvecina tuviera la opción de asociarse formalmente a ese modo de organización social o colectiva para el trabajo, se podría pensar en la formulación de un plan estratégico que implicara, entre otras acciones, la modernización del equipamiento y la estructura física del mercado; ampliación de los servicios (mejor estacionamiento, salubridad, seguridad, guardería, ventas por Internet y entrega de despensas a domicilio…); mejoría de la atención y el trato de los locatarios a sus asociados (en la cooperativa, la primera obligación del asociado es comprar lo que su cooperativa produce o vende); entrega de remanentes a los asociados al final del ejercicio fiscal (el mercado hace compras al mayoreo y vende a precio justo al menudeo.
La diferencia entre un precio y otro, menos gastos de administración y otros, constituyen los remanentes); constitución, entre los vecinos asociados, de cooperativas de producción y servicios y utilizar el mercado como canal de distribución; y, desde luego, mucha educación cooperativa y capacitación para servir mejor y la adecuada administración del mercado por sus propios locatarios.
Bueno, es una idea para el rescate y dignificación de los mercados de la Ciudad de México, así como para combatir el desempleo porque generaría círculos económicos virtuosos. Un plan piloto sería lo indicado para empezar. A usted, ¿qué le parece?, lector.
Promotor del Instituto de Investigación, Innovación y Desarrollo Cooperativo,
Integración de Cadenas Productivas y de Servicios.
armando.palacios1412@gmail.com
























































































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