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El deber ser del cooperativista

30 mar 2016
10 min de lectura


El tema “Teoría y Cultura de la cooperación. El deber ser del cooperativista”. Lo haré bajo la premisa de que el cooperativismo proviene de una filosofía que se ha venido formando a través de los siglos – recordemos que la cooperación se ha practicado desde la aparición de los homínidos sobre la faz de la Tierra; también, que muchos autores han escrito sobre el tema y sobre distintas formas de organizar idealmente a la sociedad: Platón en “La República”, Tomás de Aquino en “Utopía”, y otros—; y que esa filosofía tiende a desarrollar en sus seguidores un modo civilizado de conducirse en el trabajo, en la familia y en sociedad. Es una alternativa, probada históricamente, en la formación de personas éticas, capaces de gestionar su propio futuro y que, en ese proceso, el cooperativista ha de tener en consideración a la comunidad y también la de encargarse del cuidado de la naturaleza. En su carácter de esfuerzo colectivo o comunitario, el cooperativismo es sustentable.


Cooperar, así lo define el Diccionario de la Lengua Española, significa: “Obrar conjuntamente con otro u otros para un mismo fin”.


Si analizamos el significado de esta definición, veremos que ser cooperativo implica la posesión de tres condiciones, las tres indispensables desde mi punto de vista para ser un auténtico cooperativista y vivir en sociedad: 1) la capacidad de estar sin distinción en compañía de otros; esto es, ser gregario; 2) la empatía o la capacidad de percibir el estado de ánimo de otros, de compartir sus sentimientos, conocer sus problemas, incluso, como lo dice Jeremy Rifkin, en su obra La Civilización Empática, de darles mayor importancia que a los problemas propios; y 3) la sociabilidad o inclinación al trato decente y a la relación con las personas.


El solo texto: “Obrar conjuntamente con otro u otros para un mismo fin” nos dice que de él se deriva un conjunto de implicaciones a quien lo sigue. Una primera es que quien coopera debe trabajar junto con otras personas, al menos, con cinco, que es el mínimo que determina la ley mexicana para formar una cooperativa de producción y/o servicios; o de veinticinco si se trata de una cooperativa de ahorro y préstamo. Es evidente que seguir ese texto implica en primer término despojarse de toda clase de prejuicios, aceptar que todos somos iguales y que a unos y otros sólo nos diferencia la circunstancia en que hemos sido formados; es decir, de abandonar el “yo solitario o egoísta” y sustituirlo por el “nosotros”, del nos y otros; y una segunda, que en el trabajo cooperativo se busca obtener una determinada finalidad, que debe ser del interés común, del interés colectivo, insisto, del nos más otros.


Según la teoría, el instrumento o medio formal para cumplir con la definición citada es la sociedad cooperativa, un patrimonio colectivo que será el soporte de las familias que le dieron vida. En realidad, pueda ser cualquier otra forma de organización social para el trabajo. Lo que importa es poseer la vocación de cooperar, ser gregario, empático y sociable.


En México, la constitución, funcionamiento y liquidación de las cooperativas está regulado por la Ley General de Sociedades Cooperativas (LGSC), así como por las legislaciones y reglamentos locales, cuando los hay.


En la LGSC se establece (artículo 2) que, cito textual: “La sociedad cooperativa es una forma de organización social integrada por personas físicas con base en intereses comunes y en los principios de solidaridad, esfuerzo propio y ayuda mutua, con el propósito de satisfacer necesidades individuales y colectivas, a través de la realización de actividades económicas de producción, distribución y consumo de bienes y servicios.”


De lo anterior, podemos determinar que un cooperativista es una persona física emprendedora, con iniciativa; que, para formar una sociedad cooperativa, precisa de la adhesión y asociación de otras personas, con las que acuerda constituir legalmente una empresa para conseguir conjuntamente -- uniendo voluntades, talentos y toda la capacidad que puede dar la unión de esfuerzos, que en fin de cuentas son la generación de la riqueza -- finalidades acordadas en común y que les obliga a asumir el compromiso de ser solidarios, sin más pretensión que dar salida a la capacidad creativa para el bienestar familiar y el comunitario.


La cooperativa obliga a la autogestión; es decir, a la participación de todos los asociados en la toma de decisiones. Ello, bajo un principio fundamental: “un socio, un voto”, principio que conduce a una administración democrática, por consiguiente, a que las decisiones primordiales de la cooperativa se tomen en asamblea general.


Teóricamente, ese hecho plantea la necesidad de asumir una forma de organización más horizontal que vertical, pues los socios son quienes deciden; pero, también, quienes operan la cooperativa. Lo más importante es que cumplen una función dual: operan y toman las decisiones para fijar el rumbo de la empresa y llevarla a los terrenos del buen éxito; cosa que les reclama algo fundamental: por una parte, adquirir una visión amplia y prospectiva, de avanzada, y por ello someterse a programas permanentes de educación cooperativa y asistencia técnica, para el entendimiento de los problemas reales del entorno y de los nuevos que plantea la vertiginosa sociedad del conocimiento; así como desarrollar las habilidades reclamadas por la realidad de una sociedad cambiante, al igual que fortalecer las actitudes y conductas para una convivencia civilizada; y por la otra, establecer sistemas de información, fluidos, honestos, transparentes y veraces, sobre el estado de la empresa.


¿Por qué tiene que ser así?


Simplemente porque la empresa cooperativa es de todos; es un patrimonio colectivo; y… para que todos la vean de esa manera, el clima de la empresa debe mantenerlos informados sobre el estado cotidiano de la empresa, generarles confianza, crearles sentimientos de pertenencia, ambientes de cordialidad y de bienestar, para el trabajo en equipo y el alcance de un fin común.


Más que dirección, administrativamente hablando, en la cooperativa debe haber cooperación, coordinación de voluntades y esfuerzos, consenso y no subordinación; disciplina sí, pero entendida ésta como la sistemática buena disposición del ánimo para cooperar.


Ya lo dijimos, mientras las empresas capitalistas buscan como fin último la acumulación de riqueza; en la cooperativa, buscamos el desarrollo humano. Esta es la diferencia sustancial entre quienes vemos en la cooperación un manantial de principios y valores morales y éticos, una forma de vida saludable y decente. No como quienes la ven con una visión estrecha del “usufructo de la propiedad privada”… en donde… el capital es una herramienta de producción, de expoliación de la riqueza que produce la fuerza de trabajo.


Y, se preguntarían algunos, ¿qué es desarrollo humano? Supongo que cada cual tiene su propia definición. Convencionalmente dicho, es el acrecentamiento sistemático de nuestras capacidades para participar en la construcción de una sociedad igualitaria, más libre, justa, equitativa, democrática y de bienestar.


Es el tránsito del ser individual de la niñez y la juventud, al ser colectivo, el incluyente, que se asume al formarse la conciencia social sobre las carencias de los más; es cuando se abandona el egoísmo, incluso la avaricia, que nos fue imbuido por la educación capitalista excluyente.


Se entendería entonces que de la singularidad de la persona, en el cooperativismo se pasa a la complejidad, creciente, de la familia, la comunidad y la sociedad, en el contexto del conjunto de sistemas (usos y costumbres, reglas, instituciones jurídicas, políticas y de toda índole) que la misma se ha dado para vivir y convivir en armonía consigo y con su entorno: con la naturaleza y todo lo que en ella crece, se reproduce, desarrolla e interactúa. Un buen cooperativista habría de estar consciente de ello y comprender plenamente la situación donde se halla y lo que sucede a su alrededor.


El deber ser del cooperativista


Tal como les anuncié al principio de esta intervención, en esta charla sobre la teoría y cultura de la cooperación, e incluido un subtema: “El deber ser del cooperativista”.


Considerando lo dicho hasta ahora, resumo: el cooperativista requiere actitudes, conocimientos, habilidades y destrezas adecuados al trabajo en cooperación o colectivo; es decir que rebasan en mucho los concernientes a la sola constitución de una empresa cooperativa.


Nada más cierto. Pero, habrá que tener en consideración que el cooperativismo es abierto, democrático, sin cortapisas, y no tiene, ni debe tener, más condicionante que la buena disposición de la persona humana a trabajar juntamente con otras en el alcance de una misma finalidad.


Esto significa el reconocimiento expreso de la diversidad de niveles educativos y de condiciones sociales y culturales que han de poseer los cooperativistas que quieren asociarse para establecer una cooperativa.


El cooperativismo es incluyente por naturaleza, un modo de vida que contrasta con el modo de ser capitalista. Es una doctrina económico-social que promueve la libre asociación de individuos y familias con intereses comunes en una empresa donde hay igualdad de derechos y obligaciones, más el beneficio del reparto justo de los excedentes entre todos los asociados según su grado de participación. Supera, así, la concepción capitalista de la empresa donde los inversionistas tienen el privilegio de la gestión y de quedarse con las utilidades.


El cooperativismo es una filosofía de paz, que promueve el autoempleo, combate la pobreza y la desigualdad social; y eleva las condiciones culturales y de vida. La cooperativa anula el conflicto capital-trabajo – todos son asociados o potencialmente asociados -- y es un medio solidario con la comunidad.


Por ello, en su carácter de entidad laboral diferente, el cooperativismo precisa de la educación permanente para enfrentar sus desafíos. (Entiéndase por educación al desarrollo y el perfeccionamiento de las facultades intelectuales, de las físicas y de las morales).


Visto así, la educación cooperativa tiene una doble misión: convertirse en elemento de garantía para el buen éxito de la empresa, así como en elemento de elevación individual y social. Por consiguiente, la educación cooperativa ha de ser diseñada a la medida de las necesidades de las personas y grupos; y, por tratarse de adultos, ha de ser impartida con métodos didácticos multidireccionales o de amplia participación y, muy importante, para la aplicación inmediata.


Pero, en general, ¿Qué deben saber y saber hacer los aspirantes a establecer una empresa cooperativa?


Aquéllos que aspiren a establecer una empresa cooperativa:

  • han de estar plenamente conscientes del qué cooperativo, de sus orígenes, significados, posibilidades, alcances, implicaciones; también, de los compromisos que les demanda asumir consigo mismos, con la familia, sus asociados y con la comunidad, a fin de situarse en la posibilidad de ingresar a un proceso cooperativo, muy diferente al capitalista, y de educación cooperativa a la medida de sus necesidades y capacidades;


  • requieren poseer una conciencia clara sobre sus aspiraciones (sus sueños o la visión) a distintos plazos, de las de su familia y de los miembros de su grupo; también, de lo que el cooperativismo les demanda en cuanto corriente de pensamiento que conduce a un singular modo de actuar y de vivir la vida;


  • precisan estar plenamente convencidos de que la acción cooperativa reclama integración plena de equipos humanos de trabajo, donde la solidaridad y la ayuda mutua nacen desde la más hondo del ser y se manifiestan en conductas cotidianas de honestidad, transparencia, respetuosas de la individualidad y del ser social comprometido en el alcance de una comunidad de propósitos y metas;


  • han de estar conscientes de que durante su historia la humanidad ha construido una teoría de la cooperación, con principios y valores, ejercida por millones de personas en el mundo; en particular, debe estarlo del conjunto de posibilidades de la cooperativa como instrumento y forma civilizada de organización social para el trabajo;


  • han de conocer el mercado donde colocarán sus productos o servicios, que su marco de referencia se halla en el contexto de una economía social y solidaria, donde se renueva o reconstituye el tejido social y se pueden establecer redes, cadenas productivas y de servicios, como también de conocimiento y de otros tipos; desde luego, del conjunto de posibilidades albergadas en general por el cooperativismo nacional y del mundo;


  • han de conocer lo elemental de las finanzas y ejercitar la información que los lleve a formular su plan de negocios, así como sobre las instituciones de crédito, sus requisitos y los apoyos gubernamentales disponibles;


  • igualmente, participar en el diseño y organización de la empresa cooperativa incluyendo dos aspectos fundamentales: la estructura de organización mandatada por la Ley General de Sociedades Cooperativas y la requerida por la operación y administración de la producción de bienes y/o servicios, consumo y ahorro y crédito. Vale la pena señalar que el cooperativista está siempre en la posibilidad de ocupar cualquiera de los puestos de la cooperativa;


  • han de conocer la legislación cooperativa, la federal y la local cuando la haya, los tipos de cooperativas autorizados por la Ley; la forma de seguirla al elaborar las bases constitutivas; la de organizar y conducir una asamblea general a partir de la asamblea constitutiva; cómo se levantan las actas, elaboran los documentos legales del paquete constitutivo y de las reuniones ordinarias y extraordinarias. Igualmente, las obligaciones de ley; en contrapartida, los apoyos de Ley, los sistemas contables más adecuados a la cooperativa, entre otros:


  • han de suponer que las estrategias, conducción y operación de una empresa cooperativa, el desempeño de los puestos para la producción de bienes y/o servicios, consumo o de ahorro y préstamo, requiere de cooperativistas avezados no sólo en la administración y en los oficios apropiados para ello, sino que posean las características de liderazgo, comunicación oral y escrita, negociación, persuasión; para el planteamiento de problemas o de proyectos y la toma de decisiones, entre otras;


  • además de contar con la disposición para la educación permanente, la reflexión, el análisis, la crítica y la autocrítica; así como el desarrollo de las posibilidades del entendimiento del entorno en lo económico, lo político, social y cultural, en lo ambiental y lo sustentable; y


  • entender que las mejores empresas en el mundo las han realizado personas convencidas de lo que hacen; que han unido incondicionalmente sus voluntades, esfuerzos y capacidad imaginativa, de innovación y observación; y desarrollado cultura empresarial; Y otras más, como velar por la unidad cooperativa y fortalecer la relación con otras cooperativas


Como ven, en estos incisos hay elementos suficientes para diseñar un buen programa modular de educación cooperativa, ajustable a las necesidades de capacitación y culturales para aquellas personas y grupos que tengan entre sus proyectos la creación de su empresa, más importante aún, de su medio patrimonial de producción, de su camino a la libertad.


Para terminar, debo recordarles que vivimos ya en la llamada “Era del conocimiento”, que, en la medida en que pasa el tiempo, la transformación del conocimiento será más acelerado. Antes, lo que se estudiaba en una universidad era para toda la vida. Allá por los años 40 o 50 del siglo pasado así era. Ahora, el estudio, la educación, debe ser permanente. El tiempo no alcanza. El nuevo conocimiento, las nuevas formas de producción aparecen todos los días; pero, también, el trabajo, las ocupaciones, los oficios están cambiando. Los nuevos empleos se inician al mismo tiempo que otros desaparecen. Ya se habla incluso de la desaparición del trabajo asalariado. Así que los planes de estudio tienen que ir evolucionando a partir de la evolución de la misma ciencia y tecnología, que es la que en fin de cuentas hace evolucionar el trabajo. La tecnología desparece ocupaciones y crea nuevas.


En ese planeamiento, por mi conducto, nuestro Instituto invita a esta Unidad Universitaria a formular un planteamiento de investigación que nos permita montar un “Observatorio científico de la evolución del empleo”, del que derivemos repercusiones del cambio ocupacional en la oferta educativa de las instituciones de educación superior. Esta misma propuesta la presentaremos en otras instituciones de educación superior del país como la UNAM, el IPN, el ITESM, entre otras. Gracias por su atención.



Armando Mauricio Palacios Lárraga, Presidente del Consejo de Administración, Correo electrónico: armando.palacios.1412@gmail.com

Página web del Instituto de Investigación, Innovación y Desarrollo Cooperativo:

iiidescoop.mx

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