Personalidades frágiles


28 / 03 / 2021


Por ZAIRA ROSAS


zairosas.22@gmail.com

¿Qué dolor se encarna en los villanos de cada historia que los orilla a cometer atrocidades? Elija cualquier historia, no importa si es una tragedia de Disney como el Rey León, un fallido romance escrito por Shakespeare o la película taquillera del momento.


Los personajes viles de la historia tienen detrás de sí miedos, la necesidad de demostrar su poder o destrozar al otro porque en momentos anteriores de su vida se sintieron lastimados.


El abandono, la falta de atención, mentiras o decepciones previas son los impulsos principales de quienes buscan destrozar a otros. Nada justifica sus acciones aún cuando se trate de ficción, pero lo cierto es que estas atrocidades ocurren en la realidad y tienen el mismo origen.


¿Qué responsabilidad tenemos sobre los daños de otros? Quizás poco entendemos de ello, pero somos totalmente responsables cuando esas figuras están al frente de equipos de trabajo, de instituciones o incluso de estados o naciones.


Si alguien cuyo bienestar y equilibrio depende del reconocimiento y admiración de los demás, es responsable de tomar decisiones, es innegable que dichas decisiones se verán afectadas por su estado emocional y no por el bienestar colectivo.


En la otra cara de la moneda están aquellos personajes cuyo dolor y abandono ha servido para la redención, que utilizan su experiencia en favor de los otros y para el crecimiento en conjunto. ¿De qué depende ser el protagonista o el villano? Me atrevería a decir que, de los procesos individuales de aprendizaje, pero también del entorno. Aprendemos desde temprana edad por repetición.


Cuando imitamos patrones de comportamiento de nuestro entorno, es donde la sociedad tiene un papel indiscutible en la formación de individuos, por ello es fundamental invertir en educación, por ello las escuelas son como una segunda casa.


Pero si un entorno ajeno se puede volver un hogar, también el resto de individuos podemos ser partícipes de una familia. Y como tal hemos de ser conscientes de qué tareas asignamos a los otros, las responsabilidades otorgadas y si sus capacidades van de acuerdo a lo solicitado.


La fragilidad de los egos ha formado parte de la historia, la necesidad de atención y demostrar el poder se ha reflejado en frases como “El Estado soy yo”, la negación de los errores propios y la intención de culpar a personajes ajenos de un mal rumbo cuyo origen está en malas decisiones personales.


Si esto lo trasladamos al ámbito administrativo descubriremos que es un patrón común de comportamiento cuando los líderes se piensan como conocedores absolutos y en vez de ver en su entorno a figuras de apoyo les vislumbran como súbditos.


Este sistema debería quedar atrás, los líderes de la actualidad necesitan pensar en horizontal, trabajar con metas claras y objetivos en común, pero sobre todo identificando que nadie puede conocer la totalidad de las cosas, de ahí la importancia de escuchar a los demás, de aprender de las diversas opiniones y saber rectificar el camino, aunque eso implique desandar lo ya avanzado.


Actualmente nuestro país y el mundo necesitan de líderes plurales, que vislumbren en las diferencias, oportunidades de crecimiento, que entiendan que la diversidad es una fortaleza, y que toda decisión tiene que realizarse con miras a un futuro conjunto, no del bienestar personal.


Para ello se requiere de apertura y una escucha atenta, siempre abierta al diálogo para encontrar los puntos en común, dejar de lado las divisiones o el ataque incesante a quienes puedan tener otros datos o una opinión contraria. Dejemos de lado colores e ideologías segmentarias, pensemos en líderes cuya visión sea más humana, con la capacidad necesaria de dejar atrás el ego cuando aparezcan los problemas y reconocer los errores como aprendizajes para un mejor comienzo.


Prestemos atención a quiénes son las personas que escuchan con atención, quiénes son capaces de proponer en lugar de sólo criticar, quiénes ven en los demás una oportunidad de unir esfuerzos, aquellos que inspiran e impulsan a otros a seguir sus metas, los que no temen compartir lo aprendido porque entienden que así aprendemos todos y el crecimiento es mayor.


Esas personas son las que deben estar al frente de gobiernos e instituciones, porque su personalidad no requiere el reconocimiento de otros, lo ganan aún sin saberlo. Esos líderes hoy nos permitirán un mejor futuro mañana.

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